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Ricardo Tapia: “La Mississippi quedó como referente histórico del blues”

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Este 2018 es especial para La Mississippi, ya que la banda se encuentra atravesando el año de su aniversario número 30, con todo lo que eso significa. Un año en donde los recuerdos afloran, se recuerdan los éxitos, los sinsabores, pero por sobre todo, la gente que siempre estuvo (y en algunos casos está) al pie del cañón para facilitar el buen funcionamiento de esta máquina blusera.

Con tema nuevo para festejar (“Reserva especial”) y muestra fotográfica realizada en La Trastienda; ahora el grupo integrado por Ricardo Tapia, Gustavo Ginoi, Claudio Cannavo, Juan Carlos Tordó y Gastón Picazo se encamina para la gran celebración: el primer estadio Luna Park.

En ese contexto, Ricardo Tapia recibió en su casa a La Vereda, donde repasó momentos de la carrera de la banda que nació en Florencio Varela y luego se catapultó hasta convertirse en una auténtica referencia dentro del blues y la música negra en nuestro país.

¿Cómo definirías a la banda?

La Mississippi es una forma de familia. Tenerla hace 30 años es una forma de familia paralela, donde incluso a veces dura más que una familia constituida. Creo que es un grupo de amigos -que también es una forma de familia- y también es una banda de música negra argentina, con todo lo que eso tiene: rock, blues y todo lo que conocimos y fuimos aprendiendo desde jóvenes.

El hecho de haber cumplido 30 años arriba de los escenarios significa que el grupo debió atravesar distintas etapas. Lejos de renegar de alguna en especial, el cantante, guitarrista y armoniquista hace hincapié en que “todas las etapas han sido buenas en el sentido que jamás dejamos de tocar. Mantener eso en un país que en situaciones se ha destruido o caído es bastante más complicado de lo que parece y siempre mantuvimos una línea de laburo y nunca la abandonamos”. En ese sentido, para el músico la clave ha sido que el grupo supo buscar “estrategias para trabajar todos los años y siempre funcionaron”.

¿Qué cosas recordás de la primera fecha que tuvieron juntos?

Como banda empezamos en 1988 y la primera fecha fue en el Teatro Arlequines en 1989, 20 de junio o julio. Fue una fecha muy interesante porque veníamos ensayando hacía como un año y habíamos hecho unos panfletos que en ese tiempo repartíamos por la calle con Luisito Robinson, que participó del primer disco.

Luis se encontró con Bobby Flores en ese momento y le dijo que iba a tocar La Mississippi Blues Band (nombre que luego cortamos) y a él le gustó la idea y recuerdo que le dio manija en la Rock and Pop y así empezamos a promovernos a través de la radio. En realidad fue él, porque día a día iba diciendo ‘faltan dos semanas para que toque La Mississippi’ y así, en una radio más que importante.

En esa primera fecha fueron 600 personas. Una locura. Es más, no sé si hubo alguna banda que tuviera en la primera fecha de su historia esa cantidad de gente.

Cuando salí al escenario fue una locura, eso sí al segundo show hubo 100 (risas). Todo fue sorpresivo y también nos estableció, porque el nombre quedó en la gente y empezamos a tocar en el Iberio Mate Bar, un subsuelo de la calle Paraná donde se hacía jazz, blues y folclore y ahí tocamos durante varios años.

¿Cuáles son las cosas que más disfrutás al subir al escenario?

En realidad, cuando uno hace algo durante tantos años, lo que más disfruta es la forma en que vivís. No hay otra manera. Entonces, está la forma de mi casa y la del escenario. En algún momento se juntan porque si vos desbalanceas mucho esas cosas es como que te parece que el mundo del escenario es una cosa y el mundo de tu vida es otra y eso es peligroso para la vida de uno.

Todo tiene que estar en el mismo plano. Entonces muchas cosas de mi casa se trasladan al escenario y viceversa y así termina siendo un espacio más donde voy, comparto y vuelvo. Pero no es un espacio donde te ponés nervioso, un lugar en que pensás que estás en un sitio especial…porque si lo ves de esa forma es como que te vas separando de tu propia realidad, de tu vida. Nosotros lo vemos como un lugar donde compartimos con la gente, pero que no te da una categoría específica, sino como el lugar desde donde le das algo a la gente artísticamente.

¿En qué canción hiciste click y sentiste que la cosa iba en serio?

Creo que el primer disco fue bastante esencial porque veníamos tocando bastantes clásicos del blues. La Mississippi en un principio fueron dos proyectos: uno que hacía temas de B.B. King, Muddy Waters, John Lee Hooker y todos esos temas clásicos. Después empezamos a hacer nuestras canciones y cuando las comenzamos fuimos muy de a poco, porque uno cuando compone…es decir, tocás “Thrill is gone” y después tocás un tema tuyo, y si está mal hecho, el show se viene para abajo. Con esto quiero decir que tenés que componer a la medida o a la altura de las canciones que estás tocando y no creer que lo primero que componés va a ser fantástico, porque nunca va a serlo y uno no va a llegar a hacer un tema del nivel de B.B. King de movida, entonces tenés que ser muy autocrítico.

A nosotros nos llevó mucho tiempo encontrar nuestros temas –el primero fue “Buenos Aires blues”- y después empezamos a meterlos de a poco… “Boogie de la Ruta 2”, todos temas clásicos.

El primer disco a mi me dio la idea, cuando salió y que se convirtió en Disco de Oro (en ese momento eran 35 mil álbumes vendidos), que habíamos establecido un sonido.

¿Qué definición le cabe al público del blues en nuestro país?

Es un público que realmente existe y crece. De no ser así, tocaríamos para 50 personas y siempre tocamos para más gente, hay un público estable. Eso sí, al público de blues y música negra clásica hay que saber convocarlo, porque en realidad no es un público que vaya a hacer pogo. Es gente que le gusta ir a un teatro, o a un lugar lindo, a escuchar, porque la música negra no es todo ‘pum para arriba’, tiene muchos matices y para apreciarla tenés que estar cómodo.

¿El camino recorrido los convirtió en referentes?

Creo que quedamos como referentes históricos de una forma de pensar y componer blues y música negra. Hay nuevas generaciones y nuevos músicos muy buenos que vienen haciendo otras cosas en escalas mucho más chiquitas pero más artistas solistas que viajan y hacen su experiencia afuera y está bueno lo que logran. Creo que, de esa generación de bandas grandes, sí somos la última o la que quedo insigne.

El hecho de los fallecimientos de Pappo o Adrián (Otero) destruyó todo ese frente, porque no es lo mismo una sola banda que tres. Nosotros viajábamos mucho tiempo juntos y teníamos una relación de compañerismo y de pasarnos todos los datos.

De hecho, cuando hicimos Pappo-Memphis-Mississippi en Autopista Center, fecha que producimos nosotros, fue un concierto para 6 mil personas por noche. Fueron dos fechas que demostraron que había un público inmenso para eso. Simplemente hubo que saber convocarlo y producirlo, por eso y en ese sentido, creo que faltan productores que sepan pensar. Nosotros llevamos hechas 85 fechas en La Trastienda.

¿Cómo recuerdan a esas personas que hoy no están?

Viendo lo que uno ha hecho y lo que pasó, da una sensación que no es tristeza, pero que te dice “qué lástima que ciertos artistas no lograron seguir con todo esto y encontrarnos todos en este momento de nuestras vidas”. Inclusive para encontrarnos en la calle aunque sea, verlo a Norberto viejo, no sé…me parece…en ese sentido valoro más lo humano y después lo musical.

En el caso de Adrián, era un tipo muy particular, cariñoso y al que se lo recuerda mucho. Recuerdo gastar fortunas en teléfono por hablar con él. Nos pasábamos horas y siempre quedábamos en ir a comer, porque nos veíamos muy de vez en cuando. Cuando me mudé le dije que viniera a casa y hablé con él justo la noche anterior de su muerte. En ese sentido sí queda la tristeza de no poder compartir estos 30 años con ellos, que fueron tan amigos nuestros y compartimos tanta ruta. Pero la vida es así, cada uno tiene su destino.

Nosotros somos tipos que nos gusta laburar mucho y nos cuidamos demasiado, en todo sentido y llegamos a un punto de la vida en que cuidamos mucho lo que hacemos y disfrutamos demasiado de tocar y estar con nuestras familias, entonces tratamos de disfrutar de todo eso que es lo principal de la música.

¿Qué destacas de cada uno de los compañeros?

Creo que en realidad La Mississippi es una química muy particular. Paralelamente toco con un trío, que además tiene a mi hijo Iván y a Fede López en la armónica, que se llama Los López Tapia…yo lo llamo un trío de miércoles, porque justamente viajamos esos días o los jueves para tocar en pequeños lugares de todo el país y hacemos folk, blues internacional…es un divertimento que tengo con mi hijo mayor y un amigo, y es una química totalmente diferente a la que tengo con mis compañeros de La Mississippi.

Con ellos tengo una forma de tocar y cuando subimos al escenario es una sensación irrepetible. A nivel eléctrico, yo no puedo tocar con otra gente. Estamos tan acostumbrados uno al otro que somos uno. En un punto me doy cuenta que después de tantos años podés subir al escenario y tocar en automático, teniendo la cabeza en otro lado. Realmente estás ‘seteado’ para hacer las cosas con tu banda hace mucho tiempo y sonar de esa forma.

Me cuesta mucho laburar con gente que no sean ellos. La Mississippi es una cosa que se fue enraizando uno con el otro, muy difícil de lograr con otros músicos. A mi me resulta imposible.

¿Cómo se produjo la llegada de un disco como “Criollo”?

Es un disco rutero en el sentido en que lo fuimos grabando mientras viajábamos. Es un disco lindo para escuchar en un auto. Dura 40 minutos, lo que equivale a un trayecto corto, como el trayecto desde el trabajo a casa. Fue un disco que nos gustó hacerlo en partes porque lo fuimos componiendo a lo largo y ancho del país.

Hay espacios que las bandas no usan mucho para componer. A veces paran para componer y dejan de tocar -que es un formato que también hemos hecho-, pero en este caso no. Seguíamos tocando y componiendo en el camino y usábamos un espacio que no se usa mucho en la composición, que es la prueba de sonido. Nosotros tenemos lugares o teatros que nos gustaban y ahí íbamos componiendo y grabando cositas. Después íbamos a la sala y empezamos los temas. Eso nos llevó un tiempo y fue la base de toda la composición del disco.

¿Cuál fue la recepción de la gente?

Fue muy buena porque lo fuimos presentando de a poco. Primero fueron dos temas, después otros dos. Estuvo bueno que la gente escuchara de lo que iba tratando el disco. Nosotros le fuimos cambiando el audio con Mariano Bilinkis mientras lo íbamos haciendo.

Inicialmente nos gustó un audio, después hubo otro y como que tuvo un proceso inicial de búsqueda de la mezcla. La mezcla es algo particular: es saber cómo querés que el disco suene y eso fue cambiando durante todo el proceso del disco. Lo fuimos ajustando de acuerdo a nuestro requerimiento auditivo, donde grabamos con cosas muy clásicas.

Lo tenían en la cabeza previamente…

Un poco lo veníamos pensando. Pensábamos qué instrumentos íbamos a tocar, cómo los íbamos a tocar. A veces planteamos qué cuerdas íbamos a tocar, los tambores…es todo el proceso del arte.

¿Y en cuanto a las letras?

El enfoque de las letras es lo último para mí. Primero hacemos la música, con tiempo. Tanto que un tema lo estábamos grabando un jueves y el sábado teníamos la última sesión de grabación y yo no tenía la letra. Era una base sin letra y la quería grabar. El tema terminó siendo “Promesas del ayer”, con una letra que tiene cosas que uno dijo en el pasado y después no las recuerda.

¿Qué queda para el resto del año?

Lo estaremos cerrando en el Luna Park, mientras tanto seguimos realizando una gran gira por todo el país, donde se incluyó también España, así que hay mucho por delante. También estaré componiendo para un disco futuro.

Este 2018 es interesante porque 30 años no es moco de pavo. Está bueno cumplir ese número dentro de una banda que trabaja tanto y creo que será un lindo festejo, que incluye todas las provincias argentinas y a los países limítrofes.

Si tuvieras la posibilidad de viajar en el tiempo y ver a Ricardo antes de salir de Arlequines. ¿Qué le dirías?

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