“El Brote” y la frustración que hace que el teatro avance

Como periodistas estamos acostumbrados a escribir diferentes formatos de acuerdo a las herramientas que tenemos. Podemos redactar noticias, hacer columnas, realizar entrevistas e incluso mostrar el rumbo a partir de una editorial. Después, también llegamos a la tan mentada crítica.

La crítica requiere una honestidad absoluta, porque a partir de sus líneas estaremos influyendo indirectamente en el pensamiento de quien nos lee. Lamento arruinarles el debate, pero no hay algo así como una crítica objetiva, porque siempre se nos va a escapar esa palabrita que cruce la delicada línea fronteriza y nos lleve a la subjetividad.

Ahora bien, en esta oportunidad decido arbitrariamente dejar de lado lo periodístico para poder hablar (escribir, perdón) sobre “El Brote”, una auténtica joya y un verdadero viaje de emociones de una hora y media encabezado por Roberto Peloni, escrito y dirigido por Emiliano Dionisi y producido por la Compañía Criolla.

Un solo actor en escena que tan solo se vale de algunas sillas y de las luces cambiantes que habitan el escenario. “El Brote” no es una obra. Es una experiencia. Es sentirse parte del espectáculo, estando del lado de un personaje que se rasga las vestiduras en pos de una buena obra, de una excelente performance y del respeto por el público.

Siempre con la misma premisa: el teatro tiene que avanzar. Y vaya que lo hace de la mano de un histriónico personaje que hace que el tiempo de duración de la obra parezca corto, efímero… y que recuerda el goce por el auténtico teatro, con la necesidad de difundir, sin importar problemas de logística y presupuesto. Quizá también “El Brote” sea una clase magistral y presencial de teatro, donde el espectador sale lleno, con ganas de más y con la sensación de que habrá una sobremesa de café con más de un tema de conversación.

En la obra, Peloni encarna a Beto, un actor de teatro clásico que sufre por una constante desdicha que no le permite llegar a donde pretende. O, al menos, tener la posibilidad de mostrar sus armas. Es la vida real, o, acaso, ¿cuántas veces esperamos por esa posibilidad que siempre vemos ahí, pero se nos escapa entre los dedos a último momento o de la forma más absurda? En “El Brote”, la frustración es el combustible que mueve al texto.

Dentro de la intimidad del escenario conviven con Beto personajes imaginarios para el público, pero reales gracias al talento y a la expresividad de Peloni. Allí estarán El Tano, Maite, Inés y… Quique, quien siempre cae bien parado y se queda con los protagónicos, más allá de su efusividad a la hora de decir sus líneas. Quique es quien más tiempo se lleva a la hora de vaciar la desdicha de Beto. Un némesis con todas las letras, capaz de despertar lo peor del protagonista.

¿Por qué párrafos atrás mencionaba dejar de lado lo periodístico? Porque creo que “El Brote” es una obra necesaria. Es un pleno y hay que ir a verla. Esto lo escribo como espectador y no como periodista. La tienen que ver los que aman el teatro, los que disfrutan lo clásico, los estudiantes de actuación, los curiosos, los jóvenes y los no tan jóvenes, y la lista sigue… pero la tienen que ver. Y, a pesar de que Beto descanse los lunes, hay que obligarlo a que la temporada siga, porque gracias a él, a su insistencia y a su propio brote, nos convenció de gran manera de que el teatro tiene que avanzar.

Fernando Ferro

Funciones

A la obra le restan aún dos funciones en el Teatro Picadero, los sábados 21 y 28 de febrero a partir de las 22.15 y también habrá el 7 de marzo, con entradas a la venta en las boleterías del recinto ubicado sobre el Pasaje Santos Discépolo 1857 o bien en su sitio web oficial, haciendo Click Aquí.

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